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The Legend of Kyrandia 2: Hand of Fate
  • Fecha de salida: 1993
  • Desarrollador: Westwood Studios
  • Distribuidor: Virgin Interactive
  • Plataforma: PC
  • Género: Aventura Gráfica
  • Textos: Castellano
  • Voces: No

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Guía

Mi nombre es Zanthia y soy la alquimista real de Kyrandia. Tengo ya unos 107 años y temo que ni mis vastos conocimientos sobre la magia me van a salvar del destino eterno del ser humano: la muerte. Pero antes de convertirme en polvo místico, quiero dejar constancia escrita de mi gran travesía, la salvación de mi amada Kyrandia. Para las generaciones venideras, explicaré que Kyrandia era el más poderoso reino durante la Edad Verde. Esta edad comenzó después del hundimiento de la gran Atlantis y terminará, según los augures, dentro de quinientos años, cuando empiece la Edad Hybórea. Ruego ahora a la diosa Yashé que me permita escribir mi relato sin que me tiemble la mano...

Esta historia empezó cuando todo comenzó a acabar, pues Kyrandia estaba desapareciendo. Yo era entonces la más joven mujer que había ingresado en la Real Orden de los Místicos y tanto el gran Maestro, como todos nosotros, no pudimos encontrar en los libros la solución. Entonces apareció la Mano, el señor Mano, que era un experto en temas referentes a maldiciones, para dar la solución: alguien, léase yo misma, debía recuperar el ancla mágica del Centro del Mundo.

“¡Te apoyamos..., moralmente, claro!”, ésas fueron las últimas palabras que escuche antes de partir de la capital de Kyrandia hacia mi dulce hogar, mi pequeño laboratorio, allá en las Tierras Pantanosas. Aún recuerdo la horrible visión que presencie al entrar en mi laboratorio. ¡Me habían robado mi adorado libro de hechizos y mi mágico caldero! No me cabría la menor duda que mi primera misión iba a consistir en recuperar lo que me había sido robado. Por si acaso, inspeccioné a fondo mi laboratorio, y pude encontrar un frasco vacío en el última estante de la librería, otro frasco lleno de agua debajo de la alfombra y al fondo pude recoger un racimo de arándanos. Una vez me puse la vestimenta adecuada, salí al exterior, me hice con otro racimo de arándanos y caminé hacia el norte procurando pasar lo más alejada posible de la ciénaga. Así llegué al pequeño embarcadero, en donde recogí una seta venenosa, siempre pensando en que me podría servir para una de mis magistrales pociones. Mientras caminaba por los senderos pude comprobar la desaparición de árboles y piedras por doquier. ¡Tenía que darme prisa! Desde el embarcadero llegué a un sendero habitado por una enorme planta carnívora. Como soy valiente, pero no tonta, retrocedí y me topé con un tronco de árbol hueco en cuyo interior estaba mi libro de hechizos. Como la planta ya empezaba a babear de tanto verme, me alejé de allí corriendo hacia el norte. El sendero se estrechó y vi uno de esos extraños árboles vivos, que crecían tanto que sus ramas terminaban doblándose sobre sí mismas. Recordé que la corteza de estos árboles se utilizaba en numerosos hechizos y corté un trozo, aunque al árbol poco le importó pues de inmediato regeneró la rama arrancada. Un olor tan fuerte que me hizo llorar inundó mi bella nariz. Pronto encontré la fuente de tan desagradable hedor, una cebolla, que igualmente arranqué como posible ingrediente de pócimas. Siguiendo hacia el norte llegué al puerto donde pude comprobar que las apariencias no engañan; el gordo y horrible banquero no estaba dispuesto a hacerme el favor de llevarme gratis hasta el valle de la niebla de la mañana, sólo el oro le haría cambiar de opinión. No me quedaba más remedio que encontrar el gran imán alquimista, que me permitiría transformar cualquier cosa metálica en oro. Seguí caminando hacia el este hasta llegar a un puente sobre un río donde dos pescadores intentaban pescar algo. Crucé el puente y llegué hasta la entrada de la caverna donde, tras charlar con Marko y la Mano, recogí otra cebolla. Entré en la cueva, pero un ratón enorme e impertinente me impidió el paso. De pronto, se me ocurrió la solución: el hechizo poción serpiente del pantano. Se necesitaba unos huevos podridos de mal olor, una cebolla, lágrimas de reptil y un taburete. Pero antes de buscar los ingredientes, tenía que encontrar mi caldero mágico. Caminé hasta el ferry, y desde allí decidí explorar por el oeste. Así llegué a una encrucijada, donde por simple instinto seguí el camino donde el sol se oculta, estando a punto de caer en las arenas movedizas. Por suerte, vi a tiempo la esquelética mano que sobresalía... Sin pensármelo dos veces, empujé con todas mis fuerzas un árbol semicortado que estaba justo al borde de una trampa mortal y aunque en un principio no cayó, un puntapié fruto de mi mala uva hizo que el pobre tronco cayera. Mientras cruzaba, recogí una llave con una extraña empuñadura cadavérica que sostenía la atractiva mano del esqueleto. El camino terminó en una ciénaga de la que salió, no con ánimos amistosos un cocodrilo. Se detuvo en la orilla, y mientras buscaba un sitio por donde escapar encontré otro árbol hueco, donde estaba mi deseado caldero. Cuando ya me marchaba, me acordé de las lágrimas de cocodrilo para mi preciada pócima. Agarré una de las dos cebollas de mi saco y la tiré sobre el cocodrilo, mientras me tapaba la nariz. El desdichado animal no pudo hacer lo mismo, y sus derivados rugidos se convirtieron pronto en lloriqueos. Sus lágrimas formaron un charco y antes de ser absorbidas por la tierra llené uno de mis frascos vacíos. Hacia el norte encontré el último ingrediente, al fondo de los estanques de aguas sulfurosas cogí unas piedras que olían aún peor que unos huevos podridos. Encaminé mis elegantes pies hacia la encrucijada, y desde allí me dirigí al norte hasta llegar a la casa del mejor comerciante de la zona, el bonachón sapo Herbs. En la entrada de su morada vi un arbusto de granos de fuego y se me ocurrió que, y dado que el interior de la caverna estaría seguramente a oscuras, uno de sus frutos podría servirme de antorcha. Me apresté a arrancar uno, pero quemaba. Solucioné el problema vaciando sobre el grano más alto el frasco de agua. Nada más entrar en la tienda de Herbs y siempre pidiéndole permiso, cogí un frasco vacío de su mesa y un saco de comida para plantas. Allí mismo me dispuse a hacer la poción, pues quería impresionar a Herbs. Dado que cualquier tipo de agua servía, recogí un poco del pantano más próximo. Para calentarla, puse el frasco de agua que tenía sobre la vela de la mesa de Herbs. Una vez caliente, la eché en el caldero y repetí la operación con la cebolla, la rama nudosa, la rama de sulfuro y un taburete que había en la tienda de Herbs, creando finalmente la poción. La recogí en el caldero con uno de los frascos vacíos. Corrí hacia la entrada de la caverna y cuando el ratón dio un brinco, y antes de que pudiera articular palabra, le tiré la poción encima. El sortilegio se creó inmediatamente y una gran cobra verde comenzó a salir de la probeta. El ratón puso pies en polvorosa... Entré en la caverna, y gracias a que llevaba un grano de fuego pude ver una enorme calavera al fondo. Vislumbrando a través de su mellada dentadura, vi que dentro había un cofre. Intenté abrir la mandíbula, peor fue en vano. Extrañamente, cada uno de sus siete dientes emitía una nota musical y un color correspondiente al tocarlos. Tomé buena nota de la posición de los colores y me dirigí al sur de la entrada de la caverna, en donde había un frondoso árbol repleto de luciérnagas musicales coloreadas. Tal y como mi brillante intelecto había supuesto, las luciérnagas me dieron la melodía clave al darles mi racimo de arándanos. Como a la primera no pude memorizar la melodía de colores, también les di otro arándano, y a la segunda me hice con la melodía completa. Con mucho cuidado de no equivocarme, toqué color a color, los sucios dientes de la calavera. Con quejumbroso estruendo, la boca se abrió. Con la llave de la mano del esqueleto pude abrir el cofre y de su interior cogí el objeto más preciado de nuestra era, el imán de los alquimistas, que transformaba en oro todo metal que tocaba. También cogí un trozo queso. Ahora lo que necesitaba era el ancla de hierro forjado de los pescadores para convertirla en oro, dársela al odioso barquero y seguir mi aventura en el valle de Morningomist. En un principio, no me resultó nada sencillo conseguir el ancla, pues los pescadores no estaban dispuestos a marcharse de allí sin pescar nada. Les di el trozo de queso para que lo probaran y pese a mi incredulidad, pescaron un pez y se marcharon. Salí por pies hacia el pequeño embarcadero próximo a mi laboratorio y en el camino encontré a Marko atrapado por una planta carnívora. Le salvé de convertirse en savia venenosa dándole a la boca inferior el saco de comida de plantas que había cogido en casa de Herbs. Llegué al embarcadero, y al ver la barca vacía, me apresuré a coger el ancla, meterla en mi equipaje y dándole un toque con el imán la convertí en oro. Me quedé pasmada al llegar al ferry, ¡uno de los dragones voladores de los correos de Kyrandia lo había reducido a cenizas! Me explicó que había sido sin querer, que en uno de sus lloriqueos no pudo aguantarse y soltó una de las famosas bolas de fuego. El dragón me dijo que podría llevarme hasta el valle si recuperaba las cuatro cartas que se le habían caído en pleno vuelo. Tras ardua búsqueda, localicé las cartas en las aguas sulfurosas, en la mano del esqueleto, en el tejado de laboratorio y bajo el árbol de las luciérnagas. En cuanto se las entregué, dio un brinco de alegría, lanzó un suspiro en forma de llama y me subió a su lomo. Una vez en el aire, el dragón me pidió que entregara una de sus cartas en el valle. Aún le estaba diciendo que sí cuando me empujó con su puntiaguda cola.

Menos mal que apuntó bien y aterricé en un montón de paja. En cuanto salí de tan cómodo lugar, recogí la carta que debía entregar. El destinatario era el granjero Greenberry. Por desgracia, durante la caída perdí todo mi equipaje. Busqué en la pila de paja y hallé un frasco vacío. Me dirigí hacia el este y me encontré con las puertas de la ciudad Highmoon, pero estaba cerrada y los dos orondos guardias no pensaban abrirla. Volví al pajar y desde allí me encaminé hacia el sur. El granjero y su mascota, un dragón rojo, dormían una placentera siesta a la puerta de su hogar. Le entregué la carta y me lo agradeció mostrándome la receta de la mostaza típica de Kyrandia: vinagre y rábanos. También me dijo un secreto, a los guardias de la puerta les encantaban los sándwichs campestres. ¡Ajajá! Una de las recetas de mi libro permitía preparar unos deliciosos sándwichs. Lo único que necesitaba era mostaza, algo de queso, lechuga y trigo. El cereal lo encontré al lado de la bala de paja. Necesitaba rábanos para la mostaza y algo de lechuga fresca, y que mejor sitio que una granja para cultivarlos. Por suerte, las semillas ya estaban plantadas, así que me dirigí al oeste, a la rueda de agua. La puse en funcionamiento moviendo la rama de frenado. Comenzó a rodar y el picador también activó. Mientras mis oídos eran inundados por el martilleante ruido, giré la válvula del cierre de agua hasta abrir el paso del agua. Corrí hacia el este y en la huerta, después de recoger el imán de los alquimistas, cogí la manguera, que no era otra cosa que una graciosa nariz de elefante, regué el sembrado, creciendo pronto lechugas y rábanos. Una vez que metí las hortalizas en mi saco, me dirigí hacia el martillo hidráulico para picar los rábanos y el trigo. Por el camino, le quité al dragón su cazo azul. Pese a sus quejidos no se lo devolví. En cuanto llegué a la rueda, me acerqué a la mano aplastadora y metí allí los rábanos que recogí después con el cazo azul. Dentro de mi mochila, eché un poquito de vinagre al cazo azul y ¡voilá!, una amarillenta mostaza que ya puse en el caldero. Con el trigo repetí la operación de picado y también lo eché al caldero. Ya sólo me faltaba el queso, y sabía que dentro de la casa de todo granjero debía de haber una máquina de fabricar queso. Lástima que el señor Greenberry no me dejó entrar al sótano por la trampilla. Fui a por la leche que pensaba obtener ordeñando las ovejas del pajar. Al llegar no di crédito a lo que veían mis azulados ojos; un fantasma salía entre las pajas. Se trataba de un genio, y como tal, me pidió que lo metiera en un frasco y lo metiera en un cuerpo en el que poder materializarse y ser libre. El único cuerpo que se me ocurrió que podía contentar al feliz fantasma era el de el espantapájaros del sembrado. Puse el frasco con el fantasma sobre él, y el espectáculo fue dantesco; el espantapájaros se puso a dar saltos de jolgorio. Me fui a la casa pensando como convencer al granjero para que me dejara entrar en su sótano. Cuando ya le iba a soltar mi parrafada, llegó el espantapájaros. Para mi sorpresa, el granjero salió corriendo detrás de él. Bueno, lo importante era que el granjero ya no estaba, así que, tras ordeñar a las ovejas y recoger su leche en un frasco vacío, bajé al sótano por la trampilla. Tal y como había imaginado, allí estaba la máquina de hacer quesos. Vacié el frasco de leche en el contenedor, accioné una dura palanca y, tras un extraño ruido, salió un trozo de oloroso queso. Allí mismo metí la lechuga y el queso en el caldero, y recogí la poción recién creada. La convertí en un sándwich campestre vaciando el frasco sobre mí. En cuanto llegué a la puerta, lo solté a la entrada, me escondí y esperé a que los tragones de los guardias salieran a por él para escabullirme y entrar en Highmoon.

Lo primero que sentí al entrar en la ciudadela fue una extraña sensación de soledad. Mi objetivo era conseguir un barco que me llevara hasta la terrible y mítica isla de Volcania. Entré en la primera casa del pueblo que, según recordaba de mi última estancia en Highmoon, era la del encargado de los transportes marítimos. Me acerqué a él con la intención de que mi personalidad le acobardara y así me diera el billete gratis. Pero el espigado hombre ni siquiera reaccionó, era una especie de muerto viviente. Recorrí las calles de Highmoon y todo sujeto que encontraba presentaba los mismos síntomas de zombismo. Sin duda, algún maleficio había caído sobre ellos. Como siempre, mi rápida mente encontró la solución: el hechizo de escepticismo lograba despertar hasta los muertos. Los ingredientes: lágrimas de lagartija, una herradura de la suerte, una huella de ratón y una salsa dulce y agria. En el sótano de la granja cogí las cuatro herraduras que colgaban de una viga de madera, pensando que más adelante probaría si alguna de ellas era de la suerte. También cogí unas tijeras. Recordé cuanto había llorado el pequeño dragón rojo del granjero cuando le quité el cazo azul y decidí repetir mi abuso. No era el momento de ponerse tierna. Le volví a dar el cazo para inmediatamente después quitárselo. Tal y como esperaba, una catarata de lágrimas del inofensivo dragoncito empezó a caer sobre la tierra. De vuelta a la ciudad, caminé hacia el este. Cuando mis elegantes zapatos ya estaban cubiertos de barro, llegué a los Acantilados de la Locura. Justo en el borde tuve la alegría de encontrar una de las páginas de mi libro de hechizos, que metí dentro de sus rojizas tapas de piel de cabra. También me hice con un frasco vacío y una cáscara de naranja. Crucé un terrible puente y llegué a un original edificio con forma de esqueleto pez que era la cárcel. Como de constumbre, en la puerta había un sheriff parecido a un muerto viviente. Desde allí crucé por el paso superior y llegué hasta el camino que llevaba hasta el Templo de la Duda, en el cual debía de colocar el cazo de la poción escéptica para validarla. En el extremo inferior había una estatua de piedra pulida que representaba un ratón. La diosa fortuna me sonreía, cogí un poco de barro y lo pegué a la estatua. Ya tenía la huella del roedor, lo único que faltaba era la salsa. No es que quiera presumir, pero nunca he sido mala cocinera y sabía que para la salsa necesitaba cerveza y una cáscara de naranja, algo que por suerte ya tenía. ¿Y qué mejor sitio para conseguir la cerveza que la putefracta taberna marinera del puerto? Dicha cloaca estaba situada al norte de la entrada del pueblo, pero fijaros si estarían borrachos los de dentro que habían cerrado el pesado portón de madera de roble de la entrada. Con más maña que fuerza, logré abrirlo con las tijeras. Al entrar, un nauseabundo olor casi acaba con mi sentido olfativo. En la cargada atmósfera se respiraba una mezcla de ron, vino y cerveza. Ya me disponía a coger algo de cerveza del barril colgante con la jarra que había “mangado” de una de las mesas cuando un marinero me preguntó lo típico: “¿qué hace una chica como tú en un lugar como éste?”. No le hice caso y llené la jarra de cerveza. No quería estar allí ni un momento más, pero cuando ya salía un impertinente y chillón loro me dijo que era la noche del pirata poeta y nadie podía irse sin recitar un poema. En ese momento, un pirata que parecía un barril de ron comenzó a declamar su poesía. Todos aplaudieron cuando terminó. Era mi turno. Subí al púlpito y el miedo hizo que mi mente pudiera recordar un poema que aprendí en la escuela, y lo recité. Para mi sorpresa, todos, a excepción de un desagradecido marinero barbudo, aplaudieron. Salí de la taberna y vi un pulpo que me propuso probar suerte en un juego, el de la bolita escondida. Volví a entrar en la taberna con la intención de usar mi feiminidad para conseguir una moneda con la que jugar. Pero, cómo no, los piratas estaban en plena pelea. Discutían sobre la calidad de mi poema. Pese a sus advertencias, decidí incordiar al barbudo, y en un descuido, un fuerte puñetazo estalló en su boca y una dentadura de oro cayó al suelo. Como los piratas no estaban dispuestos a dejarme salir de allí con el oro en mis manos, utilicé el imán del alquimista para transformar el diente de oro en plomo. Entonces pude salir. En el cazo mezclé la cerveza y la monda de naranja para conseguir la salsa. ¡Humm!, que buena me salió. La eché en el caldero. Para decidir cual de las dos herraduras era la de la suerte, las toqué todas. Dos de ellas me produjeron un sentimiento de felicidad, mientras que las otras dos me dejaron indiferente. Sin duda, las dos primeras eran de la suerte. Arrojé una de ellas en el caldero, junto con las lágrimas de dragón y la huella de ratón. Se creó la poción escéptica y la recogí en un frasco. Debía dirigirme al Templo de la Duda para completar el hechizo, pero recordaba que para llegar a él había que sortear un precipicio. Cogí el palo que taponaba la boca de la estatua del caballito de mar situado al lado de las murallas con la idea de poder coger la cuerda que colgaba de los árboles que había a los lados del precipicio, tocándola con dicho palo. Así lo hice y pude, utilizando mi capacidad atlética, sortear el precipicio. Puse el frasco con la poción en el altar del templo y relámpagos centelleantes deslumbraron mi vista. En cuanto llegué a la tienda del expendedor de tickets de viaje, le rocié con la poción. El hechizo funcionó y despertó de su letargo, total para decirme que el billete costaba tres monedas de oro. Bueno, la verdad es que la forma de obtenerlos tampoco fue demasiado complicada; fui hasta la rueda de la granja para, tras convertirla de nuevo en oro, transformar el diente en una moneda en el aplastador. También puse una de las herraduras que no eran de la suerte en la corriente eléctrica, con lo que obtuve un imán. A mi regreso a Highmoon, me apresté a jugar con el timador del pulpo. Como soy muy supersticiosa, nada más llegar arrojé al suelo la única herradura de la suerte que me quedaba. Le di la moneda al pulpo, elegí la concha más cercana a mí y gané. Volví a probar y el pulpo arqueó su curvada cabeza, ¡había vuelto a ganar! Con las tres monedas en el bolsillo, corrí hacia la tienda siempre temiendo que un tentáculo me tocara la espalda, pero llegué sana y salva. Compré el billete, y desde la cárcel, crucé hacia el sur para llegar al puerto. Para despertar al capitán tuve que volver a validar un frasco de poción en el templo y vaciarlo sobre él. Le entregué el billete, pero me dijo que sólo iba a la Isla de la Mostaza. ¡Ojalá una ola barriera la cubierta!, pensé. Pero una vez en alta mar, logré desviar el rumbo del navío colocando la herradura imantada en la cesta que había bajo el timón. La brújula alteró su posición y el barco alteró su singladura. Las olas chocaban contra el casco de madera como el frío viento contra la tersa piel de mi cara. De repente, el vigía exclamó “¡Volcania a la vista!”. Antes de que pudiera reaccionar, me cogieron un par de maleducados marineros y me arrojaron por la borda cual saco de patatas. Los muy miedicas dieron media vuelta mientras yo conseguía llegar hasta la playa gracias a mi destreza en la natación.

Por enésima desgracia, y para huir de unas anguilas chillonas, tuve, durante mi travesía a nado, que deshacerme de todo el equipaje a excepción del valioso imán de los alquimistas. Y la verdad, es que, nada más llegar, el calorcito de numerosos y bellos ríos de lava que bajaban desde el volcán, invitaba a volverse al mar. En la playa se encontraba una de las entradas al centro del mundo, un agujero de aire caliente. Era evidente que mi estilizada figura..., no permitía que mi peso fuera suficiente como para descender por él. Caminando, con sumo cuidado para no caer en uno de los charcos de lava, hacia el este encontré una playa en la que unos comerciantes ofertaban diversos productos. Como no tenía ni chapa, agarré un frasco vacío y una roca y me largué de allí. Cogí el palo que encontré justo al lado del agua en la primera playa hacia el oeste desde la inicial, y otra roca. Con dos rocas en mi equipaje me aventuré a dar el salto mortal hacia el centro del mundo. No sé cuanto tiempo estuve cayendo, pero lo que si recuerdo es el tremendo bacatazo que me di al aterrizar. Además, un trozo de mi elegante modelito rojo se había quedado enganchado en una de las estalactitas del techo. En la caverna situada hacia el oeste me di cuenta de que todas esas fábulas que mi abuelo me contaba de pequeño eran ciertas, pues ahí, justo enfrente de mí, un Triceratops comía hierba a la entrada de la capilla del ancla sagrada. Se me ocurrió que la única forma de derribar la gruesa puerta marmórea era provocar la embestida de semejante bestia contra ella. Y, para ello, me vendría de perlas aquel trozo de tela roja de mi vestido que quedó en lo alto de la caverna. Cavilando sobre la forma de llegar hasta él, caminé hacia el este y encontré a un bicho aún más feroz que el Triceratops, un Tyranosaurius Rex. Observé que estaba bajo un saliente, por lo que sería posible montarme en él y conducirlo hasta el trozo de tela para poder cogerla. Pero, ¿cómo distraerlo para evitar que sus terribles dientes se afilaran aún más mondando mis huesos? La respuesta estaba, como de constumbre, en una de mis asombrosas recetas mágicas, la del osito de peluche. Sería fácil entretener al dinosaurio con un osito de peluche enganchado al palo que había cogido en la propia caverna. El primer ingrediente, la pelusa, la obtuve de la especie de palmera que había en la cueva del T-Rex. Desde allí, y hacia el este subiendo por el camino del puente, se demostró que no hay dos sin tres, pues en una caverna ovalada retozaba un Stegosaurio. Más que el terrible depredador que todos decían que era, se trataba de un animal encantador, juguetón y travieso. Le tiré el palo. Corrió tras el él cual perrito y me lo devolvió. De nuevo lo arrojé y con gran ímpetu salió tras él. No calculó bien la frenada de su corpachón y derribó una estalactita. Cayó una piedra del techo sobre el géiser de la caverna, con lo que el otro aumentó su presión y el chorro de aire caliente ascendió hasta el abovedado techo. Subiéndome a él, los guijarros que colgaban, otro de los ingredientes de la poción, pues bien podían hacer de ojos del osito. El otro ingrediente lo obtuve al tocar con mi imán del alquimista, tras ponerlo en mi saco, el corazón que encontré al pie de la escalinata de la caverna del Stegosaurio, con lo que se hizo de oro. Eché los tres condimentos en el caldero, puse la poción en un frasco vacío que encontré en la cueva del Triceratops y lo vacié sobre mí para crear un gracioso osito de peluche. Con él y mi palo dentro del saco, decidí hacerme la valiente y subirme al T-Rex por detrás. Como estos bichos son tan fieros como tontos, el muy estúpido me llevó hasta el trozo de tela intentando agarrar el osito colgado del palo. Me bajé de su cabezota al llegar al puente. Llegaba ya dispuesta a jugármela con el Triceratops cuando me di cuenta de que no miraba hacia la puerta, de nada me serviría su segura embestida. Salí y entré en la caverna las veces que fueron necesarias para que al fin mirara hacia la puerta. Entré en la capilla y un brillo resplandeciente cegó mis incrédulos ojos. Era cierto, por fin, allí estaba, allí mismo, allí cerca, a dos pasos de mí, el ancla dorada. Me acerqué con mucho cuidado recordando lo que mi abuelo me decía, “no olvides que es en el último paso donde suele desaparecer el suelo bajo tus pies”. Cogí una de las cientos de diminutas anclas doradas que había en el suelo. Cuando ya salía, un portal místico se abrió y apareció mi querido e inseparable Marko. Hablaba tan deprisa que apenas entendí ni media palabra. Justo antes de que el Sr. Mano le agarrara, soltó otra de las páginas de mi libro de hechizos y el portal se cerró. Ahora os contaré de qué increíble forma salí del centro del mundo. Taponé con las rocas que encontré dispersas por las cavernas todas las salidas de lava que encontré –creo recordar que eran cuatro– y subí a la piedra rodeada del rojizo y cálido elemento que había en la cueva del Triceratops. La violenta erupción que se provocó al taponar todas las salidas de lava, hizo que la piedra saltara por los aires, más allá de la boca del volcán.

Una vez más aterricé violentamente sobre la húmeda tierra del bosque encantado. Incluso hice una profunda huella en la nieve. Escarbando en ella, encontré mi habitual e impagable frasco vacío. Debía de estar hecho de cristal de Urano, pues a pesar de todos los trompazos que me había dado no tenía ni un rasguño. Subiendo por el sendero que había hacia el oeste me encontré con el primer obstáculo. Un terco caballero de brillante y pesada armadura no me dejaba cruzar el puente hacia el lado izquierdo del mismo. Esta vez, la excusa era de risa: según él, el puente sólo se podía cruzar de izquierda a derecha, y él se encargaba de escoltar a todo aquél que así lo quisiese. Bueno, la solución era bien sencilla: crear un personaje, un muñeco de nieve, en el lado derecho para que, mientras él lo acompañaba al otro lado, yo pudiera colarme. Para hacer el muñeco, era preciso tener nieve, que recogí de la parte izquierda del puente, musgo, que arranqué de una piedra cercana al acantilado, y carbón. No es que yo fuese un prodigio de la física, pero sabía que se podía obtener carbón quemando algo de leña. Me agaché a por la leña en la entrada del puente, debajo de un arbolillo, y el canto rodado necesario para hacer chispas lo obtuve quitando el musgo que le quedaba a la piedra del acantilado. Al lado de donde había aterrizado se hallaba un pedestal azulado donde puse la leña y el canto rodado. La leña se quemó y recogí el carbón resultante de la combustión. Tras echar los ingredientes en el caldero, llené el frasco en él con la poción y se lo tiré al caballero. Mágicamente, apareció un muñeco de nieve al que el increíble caballero llevó al otro lado del puente. Aproveché para cruzar y casi no se puede describir con palabras la escena que vi; por un lado, un par de místicos locales persiguiendo un pie que no paraba de trotar, y por el otro, una casi destruida estatua que estaba a punto de caerse. La arreglé dándole un toque con el imán místico, y de pronto apareció un cofre del que cogí un tambor y un boliche. Hablé con los dos místicos parando el pie con el boliche. Tras apartarlo, me hablaron de la historia más increíble jamás contada. Pensando que estaban como mirlos, regresé al claro de los árboles vivos y conseguí pasar entre ellos tras dejar el tambor mágico sobre el tronco que había en el extremo derecho. La música empezó a sonar y el árbol del centro se puso a bailar, dejándome el espacio suficiente para pasar y llegar hasta la estación de teleférico. En cuanto me subí, el roedor que movía la maquinaria dejó de pedalear y me dijo lo de siempre, ¡quería comida! Le di una nuez que hallé en la parte izquierda del puente, una bellota que había en el árbol cercano a la estatua y una piña que obtuve en el claro de los árboles vivos. Tras engullir maleducadamente todos los frutos, desapareció. Volví a poner en marcha el teleférico arrojando el canto rodado sobre la rueda tractora. Me subí a uno de los cochecitos y, de improviso, vi como el Sr. Mano tiraba a Marko de uno de los cochecitos que avanzaban en sentido contrario. Por fortuna, Marko tenía más habilidad que yo en los aterrizajes forzosos y no le pasó nada. No cabría la menor duda: ¡el Sr. Mano era el traidor!

Nada más llegar a la alta montaña, inspeccioné los alrededores y encontré un camino hacia mi destino final: las Ruedas del Destino. El único inconveniente era que no podía escalar sin una cuerda. La encontré en la acogedora cabaña de los cazadores, pero no me dejaron cogerla. Mi carácter no tardó en aflorar, “ojalá se los lleve el abominable hombre de las nieves”. Se rieron, pero también pude percibir en sus ojos un cierto sentimiento de terror cuando mencioné al legendario monstruo de las nieves. Ésa era la solución; asustarles con mi hechizo del abominable para así poder coger la cuerda. Inmediatamente me puse manos a la obra; recogí el frasco vacío que había dentro de la cabaña, el perfume lo conseguí dentro de la cabeza del alce que colgaba en la parte izquierda de la pared del fondo de la barraca, la nieve la cogí en el exterior de la cabaña, al igual de las plumas, que obtuve de un plumero que colgaba cerca de la ventana de la estación de teleférico. Me pasé un buen rato buscando el azúcar, y al final pensé que lo único que por allí tenía glucosa era la piruleta del bebé que jugaba al lado de la cabaña. Pero su buena madre no me dejó quitárselo, claro está. Me puse en el papel de la madre; vamos a ver..., me dije, qué es lo que más le gusta a toda madre, a las mujeres en general..., ¡las joyas! Cogí una de las bolas de cañón que había en el suelo de la cabaña y la transformé en oro con otro toque del imán del alquimista. Se la di, y tal como había pensado, se dispuso a guardarla, momento que aproveché para hacerme la abusona y quitarle el caramelo al niño. Sus lloros no me afectaron. A estas alturas, mi corazón era de piedra. En cuanto tuve la poción recogida en un frasco, me la bebí, lo que me permitió disfrazarme de abominable hombre de las nieves fuera de la cabaña. Dando fuertes pisados que dañaron mis delicados pies, entré en la cabaña dispuesta a darles un susto de muerte. Y casi los mato, ¡pero de risa! Al parecer, entre que mi disfraz no era muy bueno, y entre lo bajita que soy, no se asustaron. Cuando mi bochorno llegaba a su límite, noté un fuerte resoplido en mi nuca... ¡era el auténtico abominable hombre de las nieves! Los cazadores brincaron espantados cuando me cogió entre sus peludos brazos. Resultaba que el abominable, el terrible, el espantoso, tenía su corazoncito y se había enamorado de mí gracias a mi disfraz. Me llevó a su guarida y me recostó en su reconfortable cama. El muy Romeo me miraba con las pupilas dilatadas y balbuceaba. Intenté escapar saliendo de la cueva e intentado escalar la pared con el carámbano que había arrancado del suelo. Pero hice demasiado ruido y mi futuro marido me atrapo y me volvió a meter en nuestro “nido de amor”. Al salir de nuevo vi que los cazadores venían a rescatarme. Llevaban armas y yo no quería que matasen a mi admirador. Se me ocurrió una terrible forma, para ellos, de arreglar esta delicada situación: volver a hacer la poción y transformarles a ellos. Así lo hice; el perfume fue en esta ocasión el frasco de colonia que había en la repisa del bar de la guarida del abominable romántico. Las plumas las saqué de la almohada de la cama. El azúcar lo cogí de una cajita que había en la mesita de noche. La nieve la sustituí por un carámbano. Cuando ya se disponían a entrar, y matar a mi “novio”, les tiré encima el frasco de la poción. Ambos se transformaron en sendos abominables que enseguida enamoraron al tierno monstruo. Como ahora podía tener dos novias, se olvidó de mí y pude escalar la pared del exterior de la cueva con la ayuda de un pedazo de hielo y escapar de allí.

Cuando mis sufridos pies se empezaban a quedar helados, subí a una cabaña en cuyo interior estaba la asombrosa máquina que durante milenios había fabricado el arco iris. Caminar por el arco iris era la única forma de llegar a las Ruedas del Destino. Pero, una vez más, Mano se había anticipado la máquina estaba rota. El arreglarla fue lo que más tiempo, y paciencia, me llevó en toda mi odisea. Tuve que rellenar los calderillos que colgaban del árbol y que alimentaban a la máquina con los colores del arco iris. El orden que seguí, de izquierda a derecha, fue: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, índigo y violeta. Los colorantes los obtuve realizando casi todas mis pociones; el rojo era de la poción de los pies voladores, el naranja la del sándwich, la amarilla la del abominable, la verde la de la serpiente cobra, la azul la del osito de peluche, el índigo correspondía al nombre de la poción, y, por último, la violeta era la poción escéptica. Como aquella cabaña era un laboratorio de místicos, allí mismo encontré todos los ingredientes. Pero no fue nada fácil, porque estaban contenidos en un mueble de estanterías intercambiables, cada una de las cuales contenía solo nueve ingredientes. Se interaccionaban moviendo las palancas que había a su izquierda. Casi me quedo calva de tanto pensar pero al final me di cuenta de que existían ocho estanterías diferentes que aparecían al posicionar las tres palancas de una forma determinada. Apunté las ocho posiciones y los ingredientes de cada una y así, con infinita paciencia, pude hacer las siete pociones. Lógicamente, hacía una, la ponía en el frasco y la vaciaba en el calderillo del árbol correspondiente según su color. Vaciaba el caldero y hacía la siguiente. Casi no podía mover las manos cuando terminé, pero conseguí arreglar la máquina. Cuando el arco iris salió por el techo de la cabaña, cogí un carámbano que arranqué de una de sus esquinas, escalé con pericia por la pared exterior y me subí al arco iris. Totalmente alucinada iba caminando sobre tal belleza cuando Mano apareció y me atacó. Le di un fuerte golpe y me libré por los pelos de caer al vacío. Así llegué al último lugar de mi gran travesía, las Ruedas del Destino.

Nada más bajar del hermoso puente arco iris, averigüé el porque me encontré a Mano saliendo de las Ruedas del Destino: se había dedicado a ponérmelo más difícil. Para empezar, había colocado el reflectante de la entrada de tal forma que los rayos del sol incidían sobre la puerta, calentándola hasta tal punto que era imposible acercarse a ella. Una vez más, el imán me salvó. Toqué el reflectante, que era de oro, con el imán y se transformó en metal, cuya frialdad le impidió seguir reflejando los rayos de sol. Cuando crucé el umbral, vi la obra de ingeniería más fantástica del Universo. En una construcción gigantesca, cientos de ruedas y sofisticados mecanismos movían el destino. Subí por las escaleras de la izquierda y llegué a la sala de control. Un sonido de alarma, acompañado de una intermitente luz roja indicaban que Kyrandia estaba desapareciendo. La causa: justo debajo de la consola central faltaba una de las ruedas. La maquinaria estaba descontrolada. Conociendo a la pérfida Mano, no me costó mucho averiguar donde había escondido la rueda; en las míticas Torres de Annoy. Llegué a ellas subiendo por las escaleras de la derecha. La entrada estaba compuesta de tres puertas. Decidí primero abrir la que estaba situada más a la izquierda. Como los que construyeron las torres no querían que sus objetos más valiosos pudieran ser robados, ingeniaron un maquiavélico sistema de apertura; encima de las cabezas que servían de dintel a las puertas había una concavidad con cinco círculos concéntricos, es decir, de menos a mayor. Para abrir la puerta de la izquierda tuve que desplazar todos los discos desde la puerta de la derecha hasta la de la izquierda. El tamaño de los discos era fácil de distinguir por su color, de menor a mayor; amarillo, gris claro, azul, gris oscuro y la tapa de piedra. Aún hoy en día se me calienta el cerebro de pensar en ello. Para que os hagáis una idea de la complejidad que mi brillante y enorme intelecto tuvo que resolver, esta fue la combinación que abrió la puerta de la izquierda, siendo izquierda I, centro C y derecha D: D-I, D-C, I-C, D-I, C-D, C-I, D-I, D-C, I-C, I-D, C-D, I-C, D-I, D-C, I-C, D-I, C-D, C-I, D-I, C-D, I-C, I-D, C-D, C-I, D-I, D-C, I-C, D-I, C-D, C-I y D-I. Cuando se abrió la puerta de la izquierda, con un crujido que me pareció el sonido más hermoso del mundo, pude coger un palo de madera. Bueno, mala suerte, pensé. Ahora a por la del centro. Hallar la combinación fue un poco más sencillo, pues ya le había pillado el truco: I-C, I-D, C-D, I-C, D-I, D-C, I-C, I-D, C-D, C-I, D-I, C-D, I-C, I-D, C-D, I-C, D-I, D-C, I-C, D-I, C-D, C-I, D-I, D-C, I-C, I-D, C-D, I-C, D-I, D-C y I-C. La enorme puerta en forma de dentadura cedió y por fin cayó rodando el último objeto que mi querida mochila hubo de transportar; la rueda perdida. El corazón me latía y mis piernas se movieron casi solas hasta la sala de control. Allí, un pensamiento cruzó mi mente: “Yo, Zanthia, estoy a punto de salvar Kyrandia”. Y lo hice. Coloqué la rueda en el rotor, y la apalanqué hasta fijarla con la ayuda del palo. No me dio tiempo a celebrarlo, pues apareció el ser más traicionero que jamás ha existido: el Sr. Mano. Traía a Marko maniatado, pero lo soltó para poder embestirme. A pesar de su elevado peso y tamaño se movía con más rapidez que una pantera. Le esquivé saltando a la máquina. Se dio un golpe que hubiera matado a cualquier ser humano, pero volvió a intentar atraparme. Lo evité tirándome hacia el trozo de palo que había quedado cerca de la rueda. De nuevo estaba a punto de atraparme, pues esta vez me había quedado sin espacio para regatearle. Pero alguien desde los cielos me ayudó, pues en ese preciso instante Marko se desató y se arrodilló justo detrás de Mano. No me lo pensé dos veces: me tiré hacia el Sr. Mano y lo empujé. Tropezó con el cuerpo de Marko, perdió el equilibrio y cayó, tras soltarle el dedo con el que se había aferrado a la barandilla, a las ruedas, que le trituraron. Un final justo para un ser detestable. Como no creo que mi vida privada os interese, no os contaré que tal nos fue a Marko y a mí. Bueno, pues esto fue lo que ocurrió. Ya sé que a lo largo del relato os habré parecido algo presuntuosa e inmodesta. Pero, ¿qué queréis? ¿Acaso no salvé Kyrandia? Qué menos que presumir un poquito de mi esplendor físico y de mi enorme intelecto. Os dejo. La tinta de mi pluma de ganso se ha secado...

Cuentos de Kyrandia: Libro Segundo
Zanthia, Alquimista Real

Esta solución no está redactada por SkaZZ (Rincewind), sino que ha sido retocada simplemente por él. Vamos, no es que no haya jugado al juego, pero es que me fue prácticamente imposible cargarlo bien y luego hacer una solución, pues se colgaba de la manera más tonta. Documento redactado el 13 de julio de 1997.
Versión HTML el 11 de mayo del 2000.
Versión HTML para Zonadictos el 12 de febrero del 2002.