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Simon the Sorcerer
  • Fecha de salida: 1993
  • Desarrollador: Adventuresoft
  • Distribuidor: Adventuresoft
  • Plataforma: PC
  • Género: Aventura Gráfica
  • Textos: Castellano
  • Voces: Inglés

El Tonto y las Judías

Ya en el pueblo, me dirigí a la tienda y entregué a los dueños la lista de la compra de los goblins. Anduve un poco por el pueblo hasta llegar a una casa con una puerta de trufa, justo a la izquierda de la casa con la rueda de carro. La cerda no se resistió y se comió parte de la puerta, lo que a mí me vino bien para entrar por ella. Una vez dentro, cogí el sombrero de apicultor y el fumigador, que inmediatamente después apliqué, afuera, al panal para conseguir un poco de cera.

Con la garganta reseca, me fui al “El Druida Borracho”. Pedí una bebida al mesonero y, cuando éste estaba algo distraído, coloqué la cera en el grifo del barril bloqueándolo. El mesonero lo advirtió y sacó el barril fuera. Tras disculparse conmigo, me entregó un vale por una cerveza. Salí afuera y metí el barril en mi sombrero, aquí cabría de todo. Regresé de nuevo al bosque y me encontré a un tonto, sí un tonto. Le habían estafado con unas judías mágicas, que pensé que me podrían ser útiles. Le prometí regarlas. Anduve buscando un pozo hasta llegar a una casa terrorífica, donde cogí el cubo que estaba en el pozo lleno de agua. El agua se la eché a las judías, las cuales parecían aguadas y, tras irse el tonto, las recogí y me las guardé.

Fui a la cabaña donde vivía Calypso, pero por la parte de atrás. Tiré las judías que, curiosamente, germinaron a la velocidad de la luz. Así, cogí la sandía enorme que resultó. En otra parte del extenso bosque, encontré a un músico que, por cierto, era penoso. Penosa no era la palabra adecuada, pero en mi diario no escribo tacos. Enfadado por su ruido infernal, le lancé la sandía que entró de lleno. Con eso, conseguí su tuba que, a lo mejor, yo la usaba mejor.

Andando aún más por el bosque, encontré a un búho sabio. Tras aceptar sus “sabios” consejos, recogí una pluma que se le cayó.

Decidí internarme más en el bosque hasta un lugar conocido como “El Corazón del Bosque”, donde estaba la mina de los enanos. Una piedra me llamaba la atención y, allí, estaba la contraseña de la entrada que, curiosamente, era ¡¡¡¡CERVEZA!!!! Me puse la barba y entré en la mina. Pasar fue fácil con la contraseña ya sabida. Nada más entrar, me dirigí a la bodega en busca de información. Sólo encontré borracheras. Por diversión, le hice cosquillas a un enano dormido hasta que dejó al descubierto una llave que cogí. En la entrada principal, soborné al guardián para poder bajar a la mina. Para ello, y sabiendo lo beodos que son los enanos, le entregué el barrilete de cerveza que el enano cogió, sin discusión y con ansia. Bajé y entablé conversación con un enano, con el único con el que pude hablar. Después, cogí el gancho y entré en la sala del tesoro usando la llave de la bodega. Tras ser echado a patadas por un enano guardián, volví a entrar. Tuve que cederle mi vale para una cerveza para conseguir una gema.

Volví al pueblo y, en la plaza, hice un trueque con el comerciante hasta conseguir veinte monedas de oro. Con las monedas, entré en la tienda del pueblo y compré al tendero el martillo, con un clavo de regalo, y el aguarrás.

Me interné en el bosque hasta encontrar una casa en un árbol. Llamé y me recibió un extraño ser, con gran parecido a los anfibios, que se hacía llamar Swampling. Éste me ofreció una comida que no pude rechazar, ¡qué no pude rechazar hasta que la probé! El estofado de ciénaga era malo para mi úlcera y lo metí en el frasco de muestras que llevaba. A Swampling se le acabó, y todavía doy gracias a dios, el estofado de ciénaga, así que se fue a por más. Empujé un cajón a un lado y abrí una trampilla. Cuando bajé, observé que un tablón estaba suelto, así que lo aseguré con el clavo y el martillo. Llegué hasta “La Isla Calavera”, donde arranqué una ranifácea de su parte superior.

Avancé más hasta un lugar helado. Allí se veían estatuas de piedra, que después descubrí que eran los que se habían enfrentado a Sórdido y que, al parecer, no habían tenido éxito. Donde estaba un monje, usé el detector y encontré milrith. No pude sacarlo, pero algo es algo. Un poco más adelante, había un gigante. Con un intento vago de despertarle con la tuba, empujó un árbol. Me sirvió como puente para pasar al otro lado, que curioso. Encontré la cueva de un dragón, algo resfriado al que curé con mi remedio para el catarro. Se quedó dormido y cogí el extintor que había dentro. Luego subí arriba con ayuda del gancho. En la parte superior había un agujero. Con mi ingenio bastante desarrollado, y usando el imán y la cuerda juntos, conseguí meterlo por el agujero y conseguir treinta monedas o más. No sabía que los imanes pudieran atraer oro.

Siguiendo por detrás de la cueva, encontré una piedra con un fósil dentro, pero no podía sacarlo.

Muy cerca de allí, había un árbol mágico que tenía una mancha rosa; por lo que le iban a talar. Hice un trato con él y, con ayuda del aguarrás, le quité la mancha rosa. Él me dijo cuatro palabras mágicas: “Alakazam”, “Hocus Pocus”, “Abracadabra” y “Salchichas”, la más poderosa de todas. Vamos, que me había timado totalmente, o eso creía yo. En el pueblo, el herrero me ayudó a sacar el fósil de la piedra a golpe de martillo. Le entregué el fósil al doctor Von Jones, el cual me preguntó dónde lo había encontrado. El lugar que le dije ya os lo podréis imaginar: en Los Picos Escarpados; donde tenía el detector de metales. Volví donde había dejado el detector y donde estaba el profesor Von Jones hablando de mi familia, fue allí donde cogí algo de milrith. En el pueblo, me hicieron la cabeza de hacha con el milrith y todo esto se lo di al leñador. Se puso tan contento que no me dio ni las gracias. Entré en su casa, cogí la escarpia y, tras apagar el fuego con el extintor, y tirar de un gancho; descubrí donde tenía su reserva de madera. Cumpliría mi promesa y cogí caoba. Los gusanos de la madera se metieron en la caoba. Me fui al torreón, que, después de mi aventura y leyendo manuscritos antiguos, y algunos cómics, descubrí que era “La Torre del Necromante”. Subí y solté a los gusanos en el suelo. La bajada a la primera planta fue excitante, pero preferí bajar la segunda con ayuda de la escalera. Abajo del todo, había un sarcófago que abrí. Mi primera impresión fue la de irme corriendo y ponerme a llorar, pero la puerta principal estaba cerrada. Volví a bajar y, haciendo de tripas corazón, tiré de una venda suelta de la momia y la reduje a polvo. Cogí su bastón.

En la garganta, con una cascada al fondo, divisé a alguien abajo. Tras darme un susto de muerte creyendo que era Gollum , descubrí que sólo era un miembro de su club de fans. Le entregué el estofado de ciénaga, no por amabilidad, sino para no oler así. Cogí su caña de pescar y, aproximadamente, después de unas seis horas, conseguí un curioso anillo. De vuelta al pueblo, me metí en la caja que iba directamente a la fortaleza de los goblins.

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Otra solución terminada por SkaZZ, que redactó este documento el 15 de Febrero de 1993; y que lo actualizó el 26 de Junio de 1998.
Versión HTML el 2 de febrero del 2000.