Aventura en la Ciudad Perdida
Así, se celebró la conferencia de paz entre el Laibon de los Simbani y el jefe de los Hombres-Leopardo. Todo parecía ir bien cuando éste lanzó un conjuro mortal contra el Laibon. Segundos después, un guerrero Simbani hundió su lanza contra el agresor y Rakeesh y yo vimos como la presencia de un demonio abandonaba el cuerpo del jefe de los Hombres-Leopardo. Rajah estaba furioso ante la matanza, y Rakeesh me recomendó que escapara de Tarna y encontrara la Ciudad Perdida donde se reuniría conmigo.
Horas después de penetrar en la jungla, encontré un mono llamado Manu que me invitó a conocer su pueblo. Acepté, y mi nuevo amigo me condujo a un lugar cerca de la catarata donde se encontraba un árbol donde vivían sus compañeros podía subir al árbol por mis propios medios si poseía las habilidades de trepar o en caso contrario pidiendo ayuda a Manu para que hiciera caer una escalera-.
En la copa del árbol, Manu me contó que al otro lado de la catarata, había una ciudad habitada por peligrosas criaturas a las que nunca se acercaban. Comprendí que era la Ciudad Perdida y expliqué necesitaba llegar a ella, pero el pequeño mono tenía pánico a ese lugar y tuve que insistir para que me mostrara un paso que sólo ellos conocían. Los monos podían saltar la catarata, pero el paso era ancho para mí. Recogí las lianas y le pedí a Manu que las atara al otro lado de la cascada para cruzar el abismo. Camino de la Ciudad Perdida, fuimos atacados por un demonio en forma de gusano del que escapé lo más rápido que pude. Al llegar a la ciudad perdida, mi amigo se negó a seguirme, pero me explicó que para entrar en lo más profundo de la ciudad debía encontrar una puerta con una figura humana y abrirla colocando en su ojo un objeto brillante. Encontré la puerta y conseguí abrirla colocando sobre el ojo de la imagen, una representación del dios Anubis, el ópalo que me había regalado el meerbat. Estaba en una sala ocupada por dos monstruos que custodiaban la puerta. Tuve que luchar contra uno de ellos para tener el camino libre y, en la habitación que se encontraba detrás de la puerta, encontré una joven leontauro que no podía ser otra sino Reeshaka, la hija de Rakeesh. Cuando me explicaba que un demonio intentaba entrar en la Tierra por una puerta mágica en la azotea del edificio, un demonio se apoderó del cuerpo de Reeshaka y me retó en combate en el que yo saldría siempre perdiendo, ya que si la atacaba estaba hiriendo a la hija de Rakeesh. Utilicé una de mis pociones contra los hechizos para liberar a la joven.
En ese momento se abrió un portal mágico en la habitación por el que entraron varios amigos míos: Uhura, Johari, Yesufu, Harami y Rakeesh, el cual recitó un conjuro de curación sobre su hija para devolverla a la vida. Rakeesh explicó que había que cerrar la puerta por la que podían entrar los demonios y que para ello debía cumplirse la profecía del templo de Sekhmet por la que cinco personas de muy diferentes lugares deberían luchar contra la oscuridad. Harami se negaba a luchar diciendo que no tenía nada que ver en asuntos de demonios, pero en ese instante el pequeño Manu apareció en la sala explicando que no permitiría ver a su amigo en peligro y que haría cualquier cosa para ayudarme. Yesufu me entregó la Lanza de la Muerte de los Simbani, Rakeesh despejó las rocas que tapaban la salida hacia la azotea y me dirigí a mi destino. Manu, Johari, Yesufu, Reeshaka y yo, miembros de pueblos y razas diferentes, llegamos a una sala con cinco espejos en los que a los pocos segundos se formaron una réplicas demoníacas de cada uno de nosotros. Mientras cada uno de nosotros luchaba contra su imagen oscura, Harami apareció en la sala y atacó a mi rival hundiendo un cuchillo en la espalda justo cuando iba a ser vencido. Se ofreció a luchar con él en mi lugar y me dio dos píldoras que podían ayudarme en el último y definitivo combate.
En lo alto del edificio, un hechicero hablaba con un poderoso demonio. Le explicaba que nadie sabía que era él el que estaba detrás de todos los acontecimientos que habían llevado a Tarna a la guerra y que ahora era sólo cuestión de esperar a que los guerreros de los diferentes pueblos de Tarna comenzaran a matarse, para que la energía liberada por las muertes permitiera abrir la puerta por la que el demonio podría volver a la Tierra. El orbe que alimentaba la puerta estaba debilitado después de la posesión del jefe de los Hombres-Leopardo, pero el hechicero se disponía a recargarlo otra vez.
Mi presencia fue descubierta y el hechicero me lanzó una gárgola. Después de luchar con ella y convertirla en una estatua de piedra, tomé una píldora curativa para recuperar mi vitalidad y empuje la gárgola contra el suelo para que me sirviera de puente hasta el lugar donde se encontraban mis enemigos, pero el servidor del demonio lanzó un conjuro contra la gárgola para dotarla que nuevo de vida y hacer que me atrapara por las piernas.
Me encontraba inmóvil, cuando recordé la lanza de los Simbani y atravesé con ella al hechicero. El conjuro que mantenía viva la gárgola se desvaneció con él y coloqué el escudo mágico que me había regalado el sultán de Shapeir sobre el orbe para sellar la puerta. Con ella desaparecían la posibilidad para que ese demonio pudiera volver a la hermosa tierra de Tarna, una tierra que podría vivir de nuevo en paz manteniendo el equilibrio entre los diferentes pueblos que la habitaban.
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Otra excitante redacción de ese chico llamado SkaZZ, que después de dejar algunos estudios de magia de Octavo Nivel, y de leerse algunos libros del gran autor Terry Pratchett, ha decidido hacer esta solución. Documento redactado el 17 de Agosto de 1996, y mejorado el mismo año.
Versión HTML el 2 de febrero del 2000.
Versión HTML para Zonadictos el 12 de febrero del 2002.