Prólogo
Decidí empezar mi búsqueda por las ruinas de la otrora gloriosa ciuda de Príamo, reducida a un mero puñado de piedras por el ejército Aqueo. Al atracar, fui a hablar con el comandante de la guarnición, Nathos, pero el centinela no me dejó pasar al interior del recinto, por lo que decidí hablar con el mercader de la entrada que resultó ser un miserable egipcio. Así que no tuve escrúpulos a la hora de robarle la cartera, al tiempo que observaba como un esclavo llevaba las mercancías al interior del recinto. Por poco que me gustara, estaba clara la manera de entrar, así que maldiciendo a los dioses por tener que trabajar como un vil esclavo, cogí una de las alfombras del montón que estaban junto a la tienda y entré con disimulo en el recinto.
Una vez dentro, abandoné mi carga y entré en la tienda de Nathos. Estaba hablando con otra persona, así que me pidió que regresara más tarde. Aproveché el interludio para jugar a las piedras un par de veces con unos soldados, y aliviarles así el peso de sus bolsas. Tras la partida, regresé a hablar con Nathos y le pedí un pase para poder moverme sin problemas por el campamento. El buen Nathos me lo dio, junto a un consejo; debía buscas a Mikis, un veterano de la Guerra de Troya, que podría ayudarme en mi búsqueda.
Agradecido, salí del recinto en dirección al centro de las ruinas, donde encontré a una mujerzuela que, impúdica, ofrecía sus pocos encantos por algo de dinero. Decliné la oferta, pero le di algo de dinero. A cambio me dijo que, si quería encontrar a Mikis, antes debía de encontrar a Plaster, el herrero. Salí en búsqueda de este último, y lo encontré calentándose a la lumbre de una fogata. Empecé a hablar con él, y al poco llegó Mikis. Sólo tuve tiempo de cambiar unas palabras con él, pero me juró que me llevaría al rey de Ítaca esa misma noche, a las 12:00 en el templo de Apolo. No creyéndomelo del todo, acudí a la cita y fui cobardemente atacado por la espalda. Al despertarme, contemplé el cuerpo inerte de Mikis al pie de una estatua. Tras comprobar que mi amigo estaba muerto, fui a denunciar el hecho a Nathos. Pero me habían acusado de su muerte, y acabé con mis huesos en una fría mazmorra.
Allí conocí a Koppeas, un ladronzuelo que me dijo que conocía a Mikis, y que si bien no sabía donde estaba Ulises, me podría llevar ante un adivino si le sacaba de allí. Nada más fácil. Mis captores me habían quitado todo mi equipo, pero yo seguía siendo uno de los mejores guerreros de Ítaca. Cogí el cuenco con el que nos daban agua, lo rompí y con sus pedazos, corté mis ataduras. Acto seguido, corté las de Koppeas, y con su ayuda escalé al techo de la celda, donde cogí una piedra que arrojé sobre la cabeza del guardia. Rápidamente, bajé, abrí la puerta de la celda y me dirigí con Koppeas a la tienda de Nathos. En ella cogí las ropas de un soldado, con las que engañé a los centinelas, y conseguí escapar.
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Solución redacta de nuevo por el mago SkaZZ, al que este juego le pareció sobervio, fantástico, muy bueno e incluso mejor que el DarkEarth, salvo que es un pelín corto. Aún así, muy buena ambientación y la lucha con los Cíclopes es la caña. Quiero dedicar esta Solución especialmente para una chica de La Coruña, para Pamela Novo Franco, que con sus cartas siempre crea una sonrisa en mi rostro. Gracias chikiña.
Documento escrito en mitológico HTML el 16 de octubre del 2000.