Prólogo
Hipnotizado, contemplaba la gruta que le llevaría a un desconocido lugar, mientras a sus espaldas el bramido del agua enfurecida anunciaba la paulatina desaparición de tierra firme. No había vuelta atrás. Allí quedaba el poblado de los Huline, posiblemente asolado por el infernal ejército; allí también el pacífico monasterio del que procedía su única esperanza. Y muy a lo lejos, la canoa en que Baccata y los soldados de Gladstone salvaban el pellejo.
Un súbito temblor de tierra trató de devolverle a la realidad, fracasando en su intento. Luther estaba perdido en sus recuerdos: la rubia del bar, la maldición de la metamorfosis, los encuentros con Dawn y, por fin, la conversación con su hermano Julián. Le había dado escasas esperanzas tras recuperar las runas de las profundidades de la cueva, pero las que había estaban en el templo de los Huline, y éste, en la selva Salvaje. ¿La selva de los Salvajes? Curioso, una conocida suya, Kitiara, le había dado un regalo para que se lo llevara a su hijo, perteneciente a la citada tribu tras cansarse de las relajadas costumbres de los Huline. A Luther le asaltaban temores de todas las clases: ¿serían pacíficos los Salvajes?
El nuevo desprendimiento de tierra triunfó donde sus predecesores no habían alcanzado el éxito. La pérdida de equilibrio de Luther estuvo a punto de llevarle al agua, pero tuvo el más benéfico efecto de traerle de vuelta a la realidad. La precariedad de la situación no tardó en hacérsele patente. Un chapuzón con pirañas era la única alternativa a una visita con los Salvajes. Pero Luther no estaba para baños.
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De nuevo el mago entre los peores magos, el incansable Rincewind, da solución a otro gran juego. Tras un aburrimiento espantoso, decidí jugar a este juego, que me dejó sorprendido y enfadado, durante tres semanas. Documento redactado en 1996.
Versión HTML el 1 de febrero del 2000.