Las Tierras Heladas
Mi nombre es Quickthorpe y vivo en las Tierras Heladas bajo el dominio del demonio Koreez, el primero de los cómplices de Ismael, aquel que mató, en vida, al mundo hoy conocido. El demonio poseía el poder de una de las cuatro joyas sagradas: la esmeralda. Con el poder de la joya, que tiene el poder de la fertilidad y la naturaleza, el reino fue sentenciado a un invierno infinito. Un buen día, yo estaba hablando con un poderoso mago que me entregó un fabuloso medallón. Me despedí del hechicero y marché a una vieja casa donde cogí unas guindillas y una lámpara, útiles para mi desafío. En el sótano encontré más objetos: una cuerda y una pequeña estatua. Cuando terminé, subí y, al intentar salir por la puerta principal, un fantasma intentó atacarme. No pudo hacerme nada pues yo usé el medallón contra él.
Más tarde marché a la casa de la bruja Welda, a quien le quité su libro de runas, unas hojas y una bolsa de semillas. Salí de su casa hacia el lago helado, pasando por un puente de madera, donde pude observar un gran barco de madera. Al observar un sillón allí dentro, una hada, de nombre Simbeline, salió a mi encuentro. Charlé con ella y obtuve un preciado orbe. Después fui al bosque, a sus afueras, donde un tipo no me dejaba continuar. Tras hablar con él e intentar convencerle, le cedí la estatuilla que había cogido con anterioridad. Pude continuar hasta un camino con muchas estatuas de guerreros en distintas poses, algo me decía que, en otros tiempos, podrían haber tenido vida en su interior. Dejé de pensar en ello y observé algo que surgía del suelo, viendo que era un escudo; lo cogí.
Caminé por el bosque un poco más hasta encontrar un duende, al cual hablé sobre la vigilancia y el tipo que vi, consiguiendo que se marchase. Encontré poco después un nido el cual vi con algunos objetos valiosos, pero en ese momento vino el pájaro que lo cuidaba: una urraca. Le ofrecí unas semillas, lo que me permitió ciertos segundos para coger al menos un collar. La urraca no dejó nada, salvo el saco vacío que me llevé. Por allí cerca había un tocón de árbol que me resultó sospechoso y que apalanqué, viendo una puerta a su paso. Allí entré viendo un espéctaculo estremecedor: un soldado se erguía allí, muerto. Un anillo relucía de su dedo y, pensando que no le valdría ya para nada, lo sumé a mi cruzada.
Antes de marcharme, intenté coger unos frutos azules, pero parecían estar hechizados pues me producían sopor. Volví junto al tipo al que cedí mi estatua, dándole esta vez el collar para conseguir unos guantes, muy útiles para coger algunos de los frutos azules. Con los seis frutos en mi poder, fui a un pozo, pasando por un cruce de caminos, donde me encontré con un cazador. Hablé con él y luego me detuve a mirar una inscripción. Decidí que era buena idea bajar al pozo, así que tomé la cuerda y la usé en la bobina del pozo para descender.
Abajo, a la luz del orbe, examiné algo de arena descubriendo una tablilla de arcilla que tomé. Continué hacia un montón de basura, donde hallé otra tabla de arcilla, que unida a la anterior daba un mensaje. Subí a la superficie, recogiendo mi orbe, y robé el cubo antes de irme al cruce de caminos. Allí mismo, al ir al norte, unos bandidos me salieron al paso. Les convencí para darles algo de valor, así que pensé en el anillo. Se lo entregué al jefe, uno con un pañuelo rojo, quien murió en el acto al ponerse el anillo. Cuando todo quedó en calma, le recogí un cuchillo y su pañuelo.
Dejando la escena, continué por un sendero entre unos arbustos, los cuales examiné después para ver como un ogro salía de ahí. Algo asustado, decidí mirar lo que había allí detrás: una especie de cueva donde vivía el ogro. Dentro, le robé una llave dentro de su almohada. Con la llave, pude abrir el cofre y robarle también tres botellas de aceite. Aquello me daba mucho miedo, así que busqué una salida secundaria. La encontré y daba a la parte inferior del pozo. Con la luz del orbe, salí subiéndome a la cuerda.
Seguí hasta un barranco, donde una cabeza me detuvo. Hablé con ella hasta que me dejó enseñarle la tablilla. Continué hacia la cima, donde encontré a un hombre congelado con una cerilla. Me sentía ya lo suficientemente armado como para conseguir la piedra preciosa, así que marché al palacio, donde un gigante de hielo me impidió el paso. Le hablé hasta que le convencí y, creyendo que la sorpresa le iba a ser buena, le unté de aceite para luego quemarle con la cerilla. Seguí y, por el camino, limpié el escudo que tenía con el pañuelo. Me sería muy útil para derribar a una gárgola que me salió al paso. Derrotada, hablé con el águila que vino quien me entregó la esmeralda. Acto seguido, le di la fruta azul que cogí y me sacó volando de allí.
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Una nueva solución de SkaZZ. El juego me gusta, pero mi versión estaba en inglés y algunas traducciones estaban muy mal realizadas. Por otro lado, el morir me parece algo que debería sobrar en una aventura de este estilo y eso de las ranuras para guardar el juego es una putada. De todos modos, me ha encantado el juego.
Documento escrito en HTML mágico el 6 de mayo del 2001 a las tres de la madrugada... y es que no puedo dormir... creo que me voy a pegar un tiro...