Guía del Juego
Corría el año 928 A.D. y yo vivía en una ciudad al norte de Europa. Un buen día, salí con mi caballo por los alrededores, pues me encantaba galopar por las zonas montañosas. Iba en mi caballo cuando paré a beber agua, y me di cuenta de que no me quedaba ni una gota. Por suerte aunque luego fue por desgracia, había parado cerca de un pueblo bastante tranquilo al parecer. Decidí entrar y, nada más llegar, vi como una niña se metía dentro de un establo. Al dar unos pocos pasos, oí algo detrás mía. ¡Era un duende! Venía para atacarme, así que no pude hacer otra cosa que acabar con él.
Todo resultaba muy extraño, así que seguí avanzando hacia el establo donde vi meterse a la niña. Justo cuando, de repente, un hombre, en sus últimos momentos, se acercaba hacia mí arrastrándose. Fui a socorrerle, pero era demasiado tarde. Por la espalda, un dragón me quería quemar entre sus llamas, mas no le dejé y acabé también con él. Entré por la puerta por donde había salido aquel pobre hombre, encontrándome con cuatro duendes más que no me dieron problemas para acabar con ellos. Terminados, seguí por un hueco de la casa a otra habitación, donde vi un cuchillo que me podía servir de mucha utilidad. La mesa, de repente, cobró vida y tuve que acabar también con ella. Cogí por fin el maldito cuchillo y me encaminé a la taberna, casa cuyo rótulo en forma de jarra era fácil de distinguir.
Allí dentro, un superviviente luchaba a muerte contra otro dragón. Llegué justo a tiempo, pues el dragón lo derribó y se marchó volando mientras yo recogí la maza que estaba en el suelo, y oía como el superviviente me pedía que me lo llevara. Cuando lo dejé donde me pidió, en la tienda de especias, él comenzó a hablarme de cómo ser un cruzado, sobre un círculo de piedras, sobre su culto y sobre la dama del lago... luego, comenzó a beber y a desvariar. Yo me acerqué a las especias y, así por así, un lobo entró y comenzó a atacarme. Me escondí en un barril rápidamente hasta que se marchó, momento en el que cogí la especia.
Salí hacia un callejón cercano al establo, donde abrí una puerta y encontré a un demonio gordo bebiendo. Pegado a la pared, subí por las escaleras y le maté con la maza por detrás. Arriba, leí un libro sobre una poción para transformarse en un curioso castor. Puse la especia en el recipiente y bajé hacia la iglesia, donde cogí un pequeño muñeco que también puse en la fórmula de antes. Acto seguido, marché de nuevo a la iglesia para recoger una biblia que había visto en mi anterior visita. Con la biblia, fui por el callejón hacia el bosque, pero fui derribada por el lobo que me derribó. Empezó a golpearme en una especie de cobertizo, con un cadáver de un pescador al fondo, y cuando terminó, sin conseguir doblegarme, me desaté y fui hacia el establo como pude. Allí estaba la niña, que pedía su osito Teddy. Cerca, en un hueco, había un sitio para descansar que aproveché para recargar energías. Luego, fui donde me había derribado el lobo para coger de nuevo la maza y la biblia.
Continué hasta un hombre crucificado, y tomé el camino hacia abajo donde de nuevo fui atacado por el lobo de nuevo, aunque esta vez pude esquivarle hasta un edificio lleno de monjes. Allí, leí la biblia y pude entrar, a pesar de mi pésimo latín. Entré dentro y, tras hablar con los párrocos de los sucesos del castillo y de pactos con el mismísimo diablo, entré en la biblioteca de la abadía. Allí, vi unos cuantos libros y digo bien con vi, pues un monje me los iba contando a medida que los tomaba, sin ni siquiera dejarme leerlos. Visto lo visto, salí afuera y tomé una flor por el camino, dejándola en la habitación donde preparaba la fórmula, cerca de la cama.
En la mencionada cama, se encontraba un osito de peluche. ¿Teddy? ¡Sí! Rápidamente lo cogí y se lo llevé a la niña del establo quien, agradecida, me enseñó un pasaje secreto yendo por la iglesia. Bajando por un hueco, la niña se metió por un sitio por donde yo no podía entrar. De todos modos, la chikiña apretó un botón secreto y me dio acceso hacia unos subterráneos. Decidí seguir hacia abajo, donde fui atacada por seis esqueletos, en distintos estados, no muy difíciles de vencer. Continué bajando las escaleras. Llegué hasta el final de las mismas y algo surgió del suelo y, como sabía que no estaba lo suficiente preparado, decidí correr y salvar la vida para pelear en otro momento.
Volví a la habitación y culminé la fórmula, transformándome en un castor. Como castor, volví, esquivando diversos monstruos, al hueco por donde se había metido la niña. Seguí esquivando duendes hasta que me transformé en un ser humano, momento en el cual me vengué de dos pequeñajos. Subí unas escaleras hasta la habitación de un viejo caballero, que sollozaba. Al acercarme, me tomó por un demonio y se subió a la mesa. Al acercarme más, me lanzó la espada. Recogí la espada y luego la maza que dejé en la habitación donde me transformé en castor. Con las dos armas, fui donde estaba el tipo crucificado, pero tomando el otro camino y enfrentándome a un minotauro que eliminé con dificultad. Pasando una fuente, llegué hasta el lago donde la Dama del Lago me nombró caballero. Perdí la espada, pero me quedaba la maza.
En vez de entrar por la puerta principal del castillo, entré por un lateral donde, gracias a mi condición de caballero, pude entrar con el mago del castillo. Él me explicó que le habían robado uno de sus libros mágicos, y que sin él sería imposible encontrar un arma mágica con que derrotar al mal. El maldito demonio se ocultaba en las mazmorras, aquellos subterráneos que antes visité. Decidí ir por el castillo, encaminándome hacia una torre. Primero subí las escaleras hacia el torreón, donde eliminé otra monstruosidad, y leí un libro sobre como conseguir un arma mágica: un hueso que lanzaba bolas de fuego. Después, bajé las escaleras.
Abajo del todo me esperaba una estatua de piedra gigante y viva, que me atacaba si me acercaba. Avanzando y esquivándola, conseguí llegar hasta la siguiente sala. Allí me esperaban unos fantasmas, a los que decidí esquivar. Lo siguiente que vino fue la dirección a tomar hacia abajo. Decidí que lo más cerca de un dragón que, al verme, tomó vida. Lo esquivé no sin dificultad, y bajé seguido hacia abajo. Del suelo salían lanzas, así que tuve mucho cuidado para entrar en la sala central. Aquí, uno de los sarcófagos ocultaba un esqueleto que eliminé, y otro una armadura que me puse inmediatamente. Decidí salir hacia la sala con dos gárgolas, no sin antes matar a otro monstruo que me quería coger por la espalda.
La nueva sala tenía en su interior a un pequeño duendecillo verde, que me dijo que detrás de la gran cabeza estaba el demonio al que yo debía de vencer. Para ello, necesitaba la bendición del rey, que, curiosamente, estaba muerto... Aquello no me desanimó, cogí el libro y me marché hacia otra sala, bajando unas pequeñas escaleras. Estaba en una especie de cuento de hadas, con criados y mujeres bellas. Sin embargo, pasé de todo y bajé unas escaleras por allí cercanas, hacia la sala del rey. Justo cuando iba a reanimarle, surgió un pequeño demonio que se convirtió en mí e intentó matarme. Le eliminé sin remedio alguno. Desperté al rey, que me dio su bendición.
Subí para conseguir el hueso de la abadía, pero esta vez por las escaleras contrarias a las que vine para no caer en una vil trampa. Yendo hacia la abadía, fui atacado por otro minotauro, que vencí con mucha dificultad y astucia: cuando él intentaba golpearme, le esquivaba rápido y le daba con la maza y luego volvía a esquivarle y darle. Derribado, llegué a la abadía e intenté coger el hueso dejando la maza. Los monjes se volvieron locos y tuve que matar a cuatro todos menos el de la biblioteca. Cuando lo tuve en mi poder, vi que habían cerrado la puerta, así que me metí por el agujero de la biblioteca para salir donde estaba el caballero. Decidí dirigirme veloz hacia las piedras.
Con el libro y el hueso, sucedió algo mágico que convirtió el dichoso hueso en un hueso lanzador de bolas de fuego: el arma mágica para derrotar al diablo. Hecho esto, regresé a la sala de las mazmorras donde estaba la cabeza que daba el paso al diablo. Entré sin cavilar y comencé a bajar escalones. Allí, surgió lo que antes ya había visto, pero ahora estaba seguro de vencer. El demonio mi invitó a una mesa y me dio a elegir dos opciones: luchar contra él o unirme a él. Elegi la opción correcta, y todo aquello acabó para las almas perdidas de aquellas pobres gentes...
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SkaZZ vuelve a la carga con otra solución de un juego ya algo viejete, pero del que muchos podrían copiarse. El juego en sí es divertido y merece jugarlo, al menos, una vez en la vida. Documento escrito en burbujeante HTML el 23 de abril del 2001.